
En principio, y a pesar de que suene categórico en exceso, nunca hay que mostrar los blufs. El motivo es simple: ¿por qué dar información gratuita acerca de cómo se juega? Bajo esta premisa conductora evaluaremos la posibilidad de mostrar los faroles siempre y cuando las ventajas se impongan a este perjuicio.
Ego
Sin embargo, la inmensa mayoría de las veces, los jugadores que muestran las cartas tras un bluf lo hacen para alimentar su amor propio, no sus fichas. Es cierto que preparar, ejecutar y salir airoso de un bluf es fuente de inagotable satisfacción. Pero un buen jugador no sacrifica fichas por aprobación y reconocimiento.
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Consiste en mentir o jugar defectuosamente de manera deliberada y mostrar al final. Es la única circunstancia en la que se puede justificar plenamente mostrar. El resto de las que se enumeren serán relativas.
Suele hacerse al inicio de un torneo -cuando los ciegos son bajos- o en una mesa de efectivo donde sabemos que jugaremos largo rato ante los mismos oponentes. Se lleva a cabo con el objetivo de que, en el futuro, interpreten incorrectamente el estilo y nivel de juego.



